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Recuerdos de adolescente

vocacionalHay sucesos en la vida de las personas que marcan para toda la vida.

Hoy, cuando las publicaciones de Santiago de Cuba, mi ciudad natal, informan de los 30 años del Instituto Vocacional de Ciencias Exactas Antonio Maceo, es inevitable que evoque los años de la adolescencia, cuando comencé en la beca.

Por aquel entonces era muy delgada. El paso fue dado: vino la primera separación de casa, la espera de los pases cada quince días, las largas jornadas productivas, como genuina expresión de la vinculación del estudio con el trabajo en las grandes plantaciones de cítricos del municipio de Contramaestre, fieles testigos de cuánto aprendimos y también de las travesuras propias de esa edad.

Los baños en los sistema de regadío después de una buena jornada azadón en manos, no soportar la tentación de degustar las dulces mandarinas y naranjas de la zona, a escondidas del guía, pues era más la pérdida que dejábamos, que los resultados, si este consumo se autorizaba.

Al paso de los años, no tantos, es difícil olvidar también el hábito de estudio adquirido, la independencia familiar, en el mejor sentido de la palabra, muchos nombres de profesores y profesoras que dejaron huellas en mi formación.

La profesora Doris, de Biología, muy preocupada con mi delgadez; el primer director, Ginarte, estricto, pero afable y muy dedicado; Mercedes, la de Física, muy popular y seguidora de las iniciativas juveniles…

Luego vino la gran noticia: ¡nos trasladaban hacia Santiago de Cuba!, a pocos minutos de la ciudad porque ya el edificio de lo que sería a partir de entonces la Vocacional Antonio Maceo, estaba listo para recibirnos. Ahí comenzó una segunda etapa, eran otras las condiciones.

Allí conocí a un personaje legendario: Máximo Barrera Ibarra, ¿quién de los egresados no lo recuerda? De piel negra, alto, muy recto y estricto. Era el subdirector de internado. Al acostarnos lo veíamos y al despertar ya estaba. Un ejemplo de dedicación y abnegación.

Transcurrieron 6 años de mi vida. Escogí la carrera de Periodismo en la Universidad de Oriente, me gradué. Todavía cultivo amistades de esa época. Con frecuencia identifico a antiguos compañeros de estudios en diferentes lugares. Casi todos llegamos a ser universitarios, y de alguna manera lo debemos a ese centro llamado Vocacional Antonio Maceo y el claustro de profesores que nos acogió.

Siento orgullo de estar entre ese grupo de jóvenes inquietos que en julio de 1983 dijimos adiós a sus aulas, pero seguimos unidos por muchas razones.