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Los cubanos y la crisis

Es difícil abstraerse a los efectos de la crisis mundial. Hasta hace unos meses cuando le preguntábamos a algún cubano sobre sus secuelas, respondía que eso era en el mundo, no en Cuba.

Y es que el gobierno cubano ha preservado la integridad de la población, el empleo, los productos de la canasta básica familiar, por demás subsidiados en su gran mayoría, los servicios de salud y de educación, por sólo citar algunos ejemplos.

Hasta hoy se adoptan medidas extremas en los centros de trabajo relacionadas con el consumo de electricidad, para afectar lo menos posible al sector residencial, cosa que agradecemos mucho.

Es cierto que ya se escuchan aires sobre próximas medidas, para el venidero 2010, como la liberación de algunos productos que hasta hoy son por la tan cuestionada, por nuestros enemigos, Libreta de Abastecimiento, pero que ha permitido a todos, recibir lo mismo, aportando a no a la sociedad.

Sé que será difícil, sobre todo porque hay que adaptarse al cambio, y además, porque muchos de los que padecen el síndrome del acaparamiento, en un primer momento no podrán apartarlo a un lado.

Tiene que llegar el día que compremos en las bodegas lo que realmente consumimos. Los cubanos sabemos a lo que me refiero: si tomo café, lo compro; si fumo, compro el cigarro: si me gusta el chícharo, también, y así sucesivamente, pues si en casa resulta difícil satisfacer las necesidades de un núcleo familiar, qué será para 11 millones de cubanos.

Cuando valoramos la situación económica en nuestras casas, y reflexionamos lo difícil que resulta a veces distribuir los medios financieros y materiales, entonces si lo llevamos a instancia del país, podemos advertir que es aún peor, pues cada comienzo de mes hay que asignar los productos tradicionales de la canasta básica.

En medio de esta crisis, en Santiago de Cuba, la ciudad donde vivo, se advierte un ambiente transformador que tiene entre sus propósitos elevar la calidad de vida de la población. Con esa intención son muchos los centros abiertos que responden a la gastronomía popular o la especializada y que le brindan a los santiagueros y a los visitantes una imagen diferente.

Pero lo preocupante, al menos para mí, es que al parecer muchos de los responsables de llevar hacia delante esos centros y brindar un servicio acorde con la inversión realizada, en ocasiones no se dan por enterados. Supervisiones sistemáticas y visitas especializadas dan fe de ello.

Es hora de que apreciemos el valor de todo cuanto se hace, y que todos, responsables directos y población beneficiada, apoyemos y respaldemos este gran esfuerzo en medio de una crisis que se torna cada vez más dura. Cerremos el paso a los oportunistas y aprovechados, que con o sin intención, afectan la imagen de cuanto se hace.

El país reclama de nosotros que aportemos más desde cada puesto de labor y que comprendamos que todo cuanto se hace y hará es lo estrictamente necesario, al menos con esa filosofía he crecido y no me arrepiento.

Mi tesoro

img1253Es de la generación del 2000. Desde los seis meses de vida matriculó en el círculo infantil. Nos fuimos adaptando poco a poco. ¡Qué difícil resultaba! Primero el llanto, y después que hablaba era ¡mami, no te vayas! Cuántas no hemos llorado a la par de ellos o hemos salido sin querer mirar hacia atrás.

Afortunadamente esa etapa pasa. Cada una tiene sus encantos. Sobre todo cuando nos percatamos de los avances escolares y de las habilidades que nos demuestran que son cada día más independientes.

Han pasado nueve años. Cada mañana cuando salimos hacia la escuela vamos repasando el contenido estudiado en la noche; a veces haciendo anécdotas de cuando era una pionera como él; a veces alimentando la fantasía para lograr que cada jornada sea acogida con el mayor esmero porque, como es lógico quiero que sea mejor que sus padres; quiero lo mejor para él.

Jorgito, como todos los niños cubanos, tiene una escuela, el seminternado Raúl Gómez García, ubicado en el mismo reparto donde vivimos. Es un edificio construido por la Revolución, con más de 20 años de uso y con los efectos visibles de los años pasados; sin embargo, cada mañana, cuando nos despedimos en la puerta con un beso y el no por reiterado y necesario “pórtate bien”, siento tranquilidad absoluta.

Allí es recibido por los propios pioneros de su colectivo. Tiene dos maestros y una auxiliar pedagógica que son los encargados de su instrucción. Una infraestructura que le permite una estancia plena. En las tardes un profesor de deportes lo entrena en la disciplina por él escogida, pelota. Como en todas las escuelas cubanas, se realizan actividades extraescolares que contribuyen a su formación general. No hay droga, no hay asaltos, no hay temores.

Cada día doy gracias a la vida por premiarme con este tesoro. Vivo orgullosa de ser cubana y de que mi hijo crezca en este ambiente sano, con imperfecciones sí, pero muchas más razones para defenderlo.