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Preámbulo de una fiesta cederista

Olga Thaureaux Puertas

En esta mañana de domingo, desperté con el ruido de los machetes de los vecinos del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de al lado, ellos estaban chapeando las áreas aledañas al edificio. El cambio de la imagen era notorio. El entusiasmo era contagioso.

Lo que les contaré fue algo inesperado, espontáneo. Cerca de las 11 de la mañana bajé con una escoba a barrer el frente de la escalera, allí estaban jugando cuatro o cinco niños, se embullaron y buscaron las herramientas de sus padres, empezamos un poco en juego un poco en serio, entre ellos había competencia de quién se cansaba más rápido.

Cerca del mediodía ya se había sumado una buena tropa, unos seis hombres con machetes, otras mujeres con escobas, azadones, rastrillos y sacos. Fue una gran jornada de limpieza y embellecimiento, todo sin anunciar, sin citar a un solo vecino.

Se sumaron varios pomos de agua fría para atenuar la sed provocada por el intenso sol del mediodía, el café de Doris, los cuentos de Ale, las travesuras de uno que otro niño, y también Marcos, que por edad no podía hacer mucho, bajó su maquinita de dar filo a los machetes y se sintió super útil.

Así transcurrió esta jornada dominical muy atípica, el mejor preámbulo para la noche del 27 de septiembre, momento en que esperaremos el 28, cumpleaños de la mayor organización de masas de Cuba, los Comités de Defensa de la Revolución.

La noche rejuvenece

Olga Thaureaux Puertas

La habitual pasividad de las primeras horas de la noche se rompe. El uniforme escolar y la pañoleta de pioneros que se quitaron hace pocas horas, vuelven a ser usados.

Muchos niños apuran a mamá para que termine la comida. Son las 8 de la noche. Rosalia, Darita, Jorgito, Alfredito, Abraham, Lázaro, Ernesto, y muchos otros niños del edificio están listos para la Guardia Pioneril: Homenaje de la más joven generación a la creación, hace 50 años,  de los Comités de Defensa de la Revolución, este 28 de septiembre.

Soy testigo de la insistencia de la pequeña Salet, con solo 2 años, sin uniforme, pero con mucha energía, para que su mamá la deje participar con los demás. Su constancia da resultado. Ella también se incorporó al grupo.

Voces de Viva Fidel y otras consignas alegres y patrióticas, van invadiendo las calles, vienen de varias zonas y recorren todo el reparto donde vivo, aunque escenas como estas deben estar ocurriendo en todo el país hasta las 10 de la noche.

Muy emotivo resulta verlos. Es algo espontáneo, expresión de frescura, pero también de sentido de pertenencia, de apoyar y defender, como pioneros cubanos, su pedacito de tierra, su barrio. Todos unidos, en un Viva Cuba.

La noche rejuvenece, pareciera como si los relojes se detuvieran para no perder ni un instante de cada iniciativa.