Olga Thaureaux Puertas
La vida me ha privilegiado. He tenido la oportunidad de vivir, como cubana y profesional de la prensa, dos visitas de jefes de Estado del Vaticano a Cuba, Juan Pablo II, en 1998 y ahora Benedicto XVI.
La jornada del 26 de marzo será recordada. Primero la movilización de los santiagueros hacia el recibimiento, ese cordón humano por los más de 7 kilómetros, desde el aeropuerto internacional Antonio Maceo, hasta el Arzobispado, en el centro de la ciudad, lo que dice mucho de la capacidad movilizativa de este pueblo, del respeto y admiración que profesa a sus visitantes.
Luego, el momento de la misa que ofició en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, con la presencia de más de 200 mil cubanos, creyentes y no creyentes. Vi emoción en las caras de los presentes, alegría, lágrimas… La lluvia no impidió la lucidez, valió la pena el desvelo y dedicación de quienes laboraron en la creación de las condiciones necesarias para la misa.
Muchas cosas me impresionaron, el recorrido de Benedicto en el papa móvil, por la plaza, entre el público; el coro de voces…Qué decir del gesto de Benedicto XVI de pedir a Raúl Castro subir al altar para colocar a la Virgen La Rosa de Oro, instituida por el papa León IX en 1049 para entregarla a personalidades católicas, instituciones y símbolos de esta religión.
En la mañana, el tributo a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba y el saludo a los pobladores de la localidad, para finalmente despedirse de Santiago de Cuba y llegar a la capital cubana, para cumplimentar la segunda jornada de la apretada agenda, que muestra las excelentes relaciones entre el Estado del Vaticano y Cuba.
Ahora corresponde a los habaneros, como dignos cubanos, continuar profesando respeto a Benedicto XVI durante la misa que oficiará en La Habana. Sin dudas, será así.


