El día prometía estar cargado de emociones. Aunque ya había visitado algunos museos en paseos familiares, esta vez tenía una novedad: lo haría en compañía de sus maestros y compañeros de aula.
Como era de suponer, no hubo insistencia para despertarse temprano ni tampoco para el aseo. ¡Ojalá todos los días tuviéramos un incentivo similar!
Vestía el uniforme escolar, como los demás niños del aula de sexto grado, salieron muy temprano desde el centro urbano donde vivimos hacia el museo 26 de Julio, ubicado en la Posta 3 del antiguo Cuartel Moncada, guarida de la tiranía de Fulgencio Batista, y que fue asaltado por Fidel Castro y un grupo de jóvenes revolucionarios.
Allí coincidieron con un grupo de turistas extranjeros que al parecer les motivó su presencia y quisieron llevarse muestras gráficas de ese encuentro de los niños cubanos con la historia de su patria.
Después del recorrido por cada una de las salas del museo, “invadieron” la heladería La Arboleda. Haciendo gala de independencia se apoderaron del salón principal y consumieron la variedad de sabores que ofertaban.
Chistes, anécdotas y canciones matizaron el regreso a la escuela, donde fue difícil no contagiar de esa alegría natural de los niños a quienes se interesaron por el paseo.
Hoy Jorgito, y sus compañeros de aula, están muy contentos, motivados y agradecidos de sus maestros por esta iniciativa. Al decir de ellos “no es lo mismo salir con mamá y papá que con todos los niños del aula”. Como pasamos por esa edad, me traslado en el tiempo y comprendo perfectamente la afirmación. Es así que como madre también agradezco a la escuela, y al sistema de educación en Cuba, esta nueva carga de valores y emociones.
