Olga Thaureaux Puertas

Un millón de latas de café
El día prometía ser diferente. Para muchos era la primera vez que recogeríamos café.
De hecho esta nueva aventura implicaba desafiar la madrugada dominical para llegar al punto de concentración y salir hacia una zona cafetalera del municipio de San Luis, en la provincia de Santiago de Cuba, muy montañosa, y que desde hace unos cuantos años, más de 15 no visitaba.
Al llegar al batey del central Paquito Rosales, ya estaban los ómnibus adecuados que nos conducirían por las empinadas montañas, con grandes curvas y una abundante niebla. En la primera guagua iban los combatientes de la Revolución cubana, retando la juventud acumulada y en la segunda, los periodistas.
Al iniciar la marcha, nuestra guagua no quiso acompañarnos, el primer obstáculo fue insertarnos en un alto camión de montaña y seguir hacia el objetivo. Los brazos multiplicados de cada compañero o compañera nos sirvieron de sostén por más de una hora y 30 minutos de ascenso.
Recuerdo que en un momento no quise mirar cuánto le faltaba a la gran elevación que el excelente chofer del camión devoraba con paciencia. Rememoro mis inicios en el periodismo, cuando acompañada de Miguel y Pepito, chofer y fotógrafo, tenía la tarea de mi jefe de información de reflejar el desarrollo social de La Caoba y les propuse bajarme del jeep y montarme en un caballo, por temor al abrupto camino.
Ahora era diferente, el camino era transitable, pero mi temor era el mismo. Al fin llegamos. Todo muy organizado. Un desayuno campestre y las pilas cargadas para ir al campo. Canasta y morral a la cintura, indicaban que había llegado la hora.
Iniciamos la recogida, entre jaranas, cuentos y conversaciones, transcurrieron las horas rodeados de matas cargadas de hermosos granos rojos; a lo lejos se escuchaba la música y la animación que nos instaban a ser productivos para llegar a la ansiada meta: acopiar el millón de latas de café.

Momento en que se cuantifican las latas
Cerca del mediodía se cumplió el objetivo. Sacos al hombro salíamos del campo como hormiguitas laboriosas, pero contentos por el aporte realizado. Se cuantificaba la cosecha, el saco identificado con el millón de latas estaba listo, las canastas se levantaron como única señal de un triunfo de miles de manos de todas las edades.
Después del almuerzo campestre, se inició el regreso. De nuevo al camión, ahora de pie, cansados, con el sol encima de nosotros y una abundante nube de polvo que nos impedía mirar mucho más allá de nosotros. Pero ahí estábamos, prestos a usar una que otra jarana, a reírnos de alguna postura indebida de los viajeros y anhelando que transcurrieran los minutos para llegar al lugar donde nos esperaban las cómodas guaguas.
Una vez en ellas, ya no se hablaba, fue como si todos necesitáramos esos breves minutos de allí a la ciudad de Santiago de Cuba, para cargar las pilas. Sí porque al llegar decidimos refrescar con un sabroso helado en el copelia La Arboleda, sin importarnos nuestra “bella imagen”, muy contrastante con los que allí estaban.
Como para estimularnos alguien dijo, “no debemos tener pena, estábamos en el millón de latas de café” ¿?.
Es cierto, valió la pena el desafío, valió la pena padecer los dolores corporales del día siguiente: Nalena con sus visibles golpes; Sailín, con el fuerte ataque de migraña; Leyden, sin poder recordar el porqué del dolor de sus brazos; Jose sin saber en qué parte del cafetal quedaron sus gafas de sol, y yo, con una contracción muscular que me impedía los movimientos…, pero lo más importante es sabernos útiles y protagonistas de un momento importante.
Sin dudas, para la próxima vez, estaremos mejor preparados.