Olga Thaureaux Puertas
En la madrugada de este 4 de julio comenzó la segunda etapa del inicio del retorno con la llegada del presidente Hugo Chávez a Venezuela.
Todavía recuerdo con nostalgia cuando el 30 de junio, en el mensaje a los venezolanos, se despidió con esa frase: “hasta el retorno”.
Confieso que siempre con mucha confianza y optimismo ante la enfermedad que lo aqueja, y el tratamiento recibido en Cuba, sentí en ese momento que el retorno estaba lejano. De pronto despertar con la noticia de que Chávez había partido hacia Venezuela, fue extraordinario.
Indescriptible lo que sentí cuando desde el balcón del palacio de gobierno, vestido de verde olivo, y su corazón abierto y franco, se dirigió nuevamente a su pueblo.
Él agradeció tanto apoyo, tanto amor demostrado, “el mejor remedio para cualquier enfermedad”, por eso después de la cirugía del 20 de junio, ya el 24 estaba de pie desde la sala de terapia intensiva, “iniciando el retorno”, el retorno a la nueva vida.
Hubo pasión desbordada, lágrimas de emoción, de apoyo, de sufrimiento, de sentimiento; voces que le pedían que fuera a descansar después de 30 minutos haciendo uso de la palabra.
Bastaron unos segundos más para una exhortación clara: “sigamos poniendo la piedra fundamental de la independencia de Latinoamérica”. Era el sello a un compromiso de amor, de patriotas.
Muchas veces escuché la frase martiana amor con amor se paga, y fue eso, una muestra de amor recíproco, nacido desde y hasta el corazón de un Hugo Chávez que no solo pertenece a Venezuela, sino a Latinoamérica, a nuestra América.
