Olga Thaureaux Puertas
La noticia del fallecimiento este martes 7 de septiembre del reverendo Lucius Walker me sorprendió.
No concibo que un hombre de su talla muera aún, a pesar de sus 80 años,
Lo recuerdo el pasado mes de julio, cuando nos visitó. Estuvo en la graduación de la Escuela Latinoamericana de Medicina, se veía emocionado, lleno de vida y de planes.
Ese gran amigo encabezó, desde 1992, las caravanas de la Amistad EE.UU.-Cuba, muestras de tenacidad y valentía, pues con cada llegada a Cuba rompían el bloqueo norteamericano trayendo ayuda humanitaria al pueblo cubano.
Lo recuerdo muy joven, cuando pretendieron retener allí en Laredo, Texas aquel ómnibus amarillo que formaba parte de la ayuda a Cuba. Por ese lugar debían pasar hacia México las 15 toneladas de ayuda humanitaria. Hubo resistencia, pero lo pasaron, luego de 22 días de huelga de hambre.
Lucius y sus acompañantes sabían que la violación del bloqueo podría implicar sanciones de hasta 250 000 dólares de multa y diez años de prisión, pero no les importó, el compromiso estaba.
Lo recuerdo en sus reiteradas visitas, siempre con la misma disposición y entereza. Toda una vida dedicada a las causas justas, a la lucha por la vida.
Días después del terremoto en Haití, ahí estuvo el cargamento con recursos de todo tipo, para los hermanos haitianos, en hermoso gesto de humanidad, solidaridad y amor.
En cada una de las caravanas llegadas a Cuba por los Pastores por la Paz, está y estará la imagen de su principal inspirador, el reverendo Lucius Walker.

