Olga Thaureaux Puertas
Como santiaguera he sentido muchos movimientos telúricos, pero no por ello puedo decir que estoy acostumbrada, o que estamos acostumbrados y que no nos asusta. Sí nos asusta, porque como decía mi abuela, con los fenómenos de la naturaleza hay que tener cuidado, y más con este que aún no se ha podido pronosticar el momento en que va a ocurrir.
Unas 24 horas después del susto del sábado 20 de marzo, es que me siento preparada para sentarme frente a la PC y contarles las experiencias vividas a partir de las 2.08 minutos de la tarde, cuando nos sorprendió un sismo fuerte y prolongado, que después supimos que fue de 5.5 en la escala de Richter.
Desde comienzo de año, hemos advertido un incremento en la actividad sísmica del territorio, las autoridades y los especialistas, preocupadas y ocupadas, ya habían reforzado las medidas de orientación a la población en aras de desarrollar en ella una cultura sísmica. Por eso en los medios de difusión masiva se ha incrementado en estos días la información sobre la conducta a seguir antes, durante y después de un sismo.
Para los edificios, como donde vivo, lo recomendable es refugiarse en los baños. Así lo hicimos ante la primera voz de alarma. Muchas cosas pasaron por mi mente en los segundos que observaba las flores del florero de la sala, el cual me indicaba que todavía la tierra estaba el movimiento. Pero la razón venció al temor y una vez concluido el movimiento telúrico, comenzamos a bajar las escaleras.
Esperado un tiempo, volvimos a casa. Muchas personas me llamaban por teléfono, por esta vía trataba también de buscar los datos técnicos del sismo, para ubicar la información en la página web del periódico para el cual trabajo. Nuevamente otra sacudida. Esta vez sí el temor se multiplicó, porque después de una sacudida tan fuerte como la vivida, no recordaba que en tan poco tiempo se repitiera. Eran las réplicas.
Las personas salieron de sus casas y se concentraron en plazas y áreas despobladas, el temor y los rumores crecieron.
Pero si hay algo que destacar en todo esto es la actitud de la población, la disciplina y la solidaridad. Después de las sacudidas, fue normal ver maletines con cosas esenciales, pomos de agua, sombrillas, todo lo que en un momento así, pudo parecer imprescindible… Las principales plazas y áreas abiertas de la ciudad fueron los lugares para la concentración espontánea hasta altas horas de la noche. Muchos prefirieron dormir fuera de casa por un problema de precaución y seguridad.
Los niños, aunque ya no tan ingenuos, hablaban del sismo. Rosalia, la del tercer piso, puso a salvo los pollitos comprados en la mañana en la feria; Jorgito, puso en el maletín un juguete preferido; otros jugaban con lo que encontraron, pero todos estaban atentos a las conversaciones monotemáticas de los adultos.
Cerca de la media noche comenzamos a entrar a los edificios, con el temor y la preocupación de las réplicas. Algunos durmieron profundamente gracias al té de Albaca morada que hizo Doris, la vecina del primer piso. Hoy domingo hemos tratado de volver a la normalidad, con una nueva experiencia para gran parte de la población, pues esta ha sido la sacudida más fuerte de los 50 años.
Espero que la tierra permanezca tranquila por unos 50 años más.

Vivir en la ciudad de Santiago de Cuba, es para mí motivo de orgullo. Entre otras razones porque me hace sentir mucho más cerca los hechos de la historia de Cuba que tuvieron como escenario esta tierra, que no por gusto fue declarada Ciudad Héroe de la República de Cuba.
Rememoró los últimos días de vida del jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, su ubicación en varias casas, cómo después de ser asesinado le solicitaron a la artista Olga Meidique que sacara la mascarilla y esta accedió y sólo les pidió aceite y yeso, parte de los cuales se derramaron en el trayecto hasta el cementerio por las condiciones en que ocurrió esa histórica marcha.